(“Que hay momentos que por más que quieras no se dan la vuelta y parece que sólo ellos saben lo que va a pasar” – Tako)

Caí como nunca. Otro lindo despertar con sabor a mueble bar. 15 horas, 40 minutos. Mierda. Uff, que resaca. Uff, un mensaje. Ay, Dios. El poker. El whisky. Ay, que ya sé de qué va el mensaje.

Zaragoza. Una discoteca y algún que otro bicho disputándose territorio. Y en mitad de ese, mi propio documental nocturno,  desperté del letargo y comprendí que la gacela amenazada era mi cuello. Escapé, pero sólo por un tiempo… en la siguiente redifusión de telelimbo me dejé atrapar, aunque nunca supe bien por qué. Entre dentellada y corte publicitario, el hemisferio derecho me insistía en la pregunta de si sabía lo que hacía. El izquierdo, mientras, se divertía rebozado en  mi adicción a la contradicción.

Era propio de nosotros -los que le damos a la tecla y a la pantalla más horas de las debidas- el acudir al fin de semana en búsqueda de la redención para sobrevivir a las horas de trabajo. El fin de semana saca a Jekyll de paseo camino de las maldades. Otro brindis a una improvisación de viaje que no entiende de las serendipias adecuadas.

Llorarle al Ebro no era la solución a mis castillos de arena. Sabía qué persona llevaba estando ahí desde hace años. Siempre como una realidad imposible, siempre apareciendo y desapareciendo. Podía no haber nada o  haberlo todo, pero en ese momento sólo quería responderme a la pregunta.

¿Haces lo que te gusta? ¿Podrías cambiarlo?

No. Sí.

“Ya agoté todas las frases, o tal vez no. Pero todas siguen diciéndome lo mismo”.

Hay asuntos que no mueren con palabras ni distancias. Hay balas que desafían la gravedad y siguen esperando la entrada definitiva. Fui una nada sin decimales hasta que recuperé el boleto original. El eterno retorno.

La frase decía tú.

[Sigue en 17. El eterno retorno]