(“Toca afinar, definir de un trazo. Sintonizar, reagrupar pedazos” – Vetusta Morla)

Al final sólo quedas tu mismo y tus recuerdos. Tú y tus vivencias, tus recuerdos, tu experiencia sobre aquello que fue tuyo, que tocaste y que ahora la memoria se empeña en no saber cómo era aquel tacto, aquellos sentimientos. Alguna vez recordamos algo, un punto que nos hace recordar un sentimiento o un momento de aquello. Te ríes y al segundo entonas un “Joder”  que lleva dentro mucho más que solo cinco letras.

Y mientras ahí seguimos, con éxito diverso en función de la hora del día. Una generación buscando su camino, afrontando los tropezones. Los hubo que se rindieron, otros no pudieron acompañarnos. Vimos a muchos levantar un falso estandarte sabiendo que realmente sienten la bandera pirata. Resisten pocos de aquellos que amaron y arriesgaron. La mayoría se resignaron y encerraron sus sueños. Cayeron en la trampa de la España desminadora. Ya no hay riesgo, ya no hay primas. No hay buzones ni sobres que ganen amores, así ya solo se compran voluntades. Y desnudar estas miserias cada vez da más respeto.

En ese camino me fui quedando sin cada una de las chicas que quise y tal vez merecieron que así fuera. Algunas veces por falta de pericia y otras por falta de ambición o cobardía puntual. Te equivocas y eso no lo podrás remediar nunca. Forma parte de ese juego que te enloquece, y te atrapa, y del que ya nunca podrás salir aunque cada día descubras que lo juegas un poco peor.

Aunque intentaba no darle importancia, la soltería me daba sus quebraderos de cabeza. Como si para algunos llevar un tiempo fuera del reparto oficial significara estar picando flores a lo bruto. Y nunca fue así, de hecho en líneas generales nunca ligué un pimiento. Y cada vez menos si hablamos de  las noches.  ¿Por qué no mejor buscar una interacción en los vagones del metro? No queda apenas espacio para lo original.  Es más, muchos fines de semana divisaba el buitreo de algunos y me daban arcadas. Cada vez que me contaban una historia de cómo algunos consiguen a su descerebrada de turno, sentía auténticas náuseas.

Seguía sólo, sí, y lo llevaba bastante mal. Pero me negaba en rotundo a tener una relación como las que se ven a patadas, gente que tiene pareja sólo porque se tiene que tener por compromiso social, o que siguen con esa persona por costumbre porque solos piensan que estarán peor. Y no, no siempre. Hay amores que matan, pero de aburrimiento. Y estando harto de verlo a mi alrededor no me daba la real gana unirme al ganado. A ese ganado de los perdidos.

Y aún así me descubría vacío. Sonaban canciones y no tenían significado, ni de amor ni de destrucción. Era como estar en el ojo de un huracán sin saber si ese ojo era grande o solamente un vientecillo. Sabiendo que algo se avecinaba, en signo positivo o negativo.

Esperando la llamada de la almohada. El escalofrío permanente, la penúltima copa, la tristeza de los domingos: saber que había algo que no estaba haciendo bien. Era exactamente eso; estaba viviendo de la improvisación.

Reinaba el insomnio de la intranquilidad. Sólo las teclas hicieron reencontrar el camino, atravesar el muro de la angustia. Recobrar la melodía adecuada para poder cambiar de rostro ante la vida.

[Sigue en 16. El Naufragio]

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