(“Y yo, pobre mortal, que no he gozado sus caderas…” – Joaquín Sabina)

Más que la noche -que siempre se torna oscura para los felinos sin garra- fue Internet la escuela para descubrir que no existen las chicas imposibles, que te podías enamorar de unos ojos azules pero también de una canción, una letra, un toque, un find me somebody to love. Reconózcanme que el que una chica sea fan de Queen puede acelerarlo todo.

La mujer, ser enigmático. La búsqueda nunca terminada de completar, la investigación más compleja. Estudio y fracaso, perfecto cluedo que nunca deja ver el asesino.

Esto del amor nunca ha sido tan fácil como en los series. En mi instituto, al salir de clase, no había mucha más física y química que la que tuvieran los libros. Tatuajes, embarazos y callejones eran excepción, no la norma. Había más cantos que santos y no muchos demonios.

Pero, entonces y ahora, siempre ha habido una fórmula que se ha presentado puntual a su cita: la fórmula del viento. Cuando todo parece tranquilo, a Eolo le gusta volverse juguetón: indeciso de hacia qué dirección volará las cartas, las cenizas y dónde dejará sus correspondientes quemados.

En esas trincheras, la goleada suele estar cantada desde el principio. Tienen que pasar años para que aprendas a no ser el cretino habitual. Suena el himno de la Champions -partido crucial- y se te pone cara de Dinamo de Zagreb en Old Trafford. Tu teatro de los sueños amenaza a pesadilla. La falda corta te aparta con elegancia killer y te deja pasmado en mitad del garito. Taconazo, olé… y adiós.

En concreto, esas pisadas del mal me paralizaron más de dos veces. Yo aún estaba muy verde para esa pura kryptonita. Pasaban los meses y mi planetaria timidez me dejaba inmóvil una y otra vez, transparente cada vez que me cruzaba con esa chica, sus botas del demonio y su sonrisa troqueladora con acento de Badajoz.

Acabé aceptando el envite de un enamoramiento rápido. Observé todo lo que siempre pasaba por alto. Lápiz de ojos con toque azul. Bolso entre las piernas, depilado perfecto. Una pretendida tímida rodeada de liberadas. De escote arriesgado, sin embargo. Cuernos de cabra trampolineros. No me juzguéis si confieso verle algo más de lo permitido. A esas alturas ya no era un narrador, sino un estudioso de sus perfiles.

Esas novelas de mi cabeza siempre me acabaron pasando factura. Aquello no debería haber reivindicado hueco entre mis costillas, y tanta ensoñación acabó siendo un gol en propia puerta. Fue como le si pitaran una falta al Madrid, cogiera Beckham la pelota, mirara a izquierda y derecha y planificara el lanzamiento. Midiera el viento, la distancia a la barrera, la posición del portero… y cuando se dispone a disparar a puerta se le ha hecho tarde: se ha quedado solo en el estadio.

En sus redes sociales, los ositos amorosos eran Trending Topic.  Tanto “te quiero” era mentira. El verdadero sentimiento no se publicita tanto. Cuando picas, cambias. Ya no interesa tanto el mundo exterior, o lo que se piense y suceda fuera, porque lo bueno ya lo tienes. No te drogas porque estás drogado.

Pero ella jugaba a ser droga de las que siempre te atrapan otra vez. Vivía en una teleserie con su supuestamente amado Ken y yo era un secundario que le hacía gracia a ratos. Veneno y daga que por supuesto cogí y apreté. Y sangré. El calor. Su fiebre.

Desechando mis cervezas y yo con estas pintas…

[Sigue en 15. Donde nada es de memoria]