(“Que cómo es mi vida sin ti, pues sin ti sí que es vida…” – Love of Lesbian)

La resaca del viernes era pinturesca. Ese día empezaba el mundial y esta vez España –albricias– sí que pasaría de cuartos.

“No me cuentes historias. Tú sólo fóllame”

Una historia de amor tal vez no debería empezar con una felación, pero esta lo hizo. Los amoríos son historias de vida y en la vida hay soportales, lluvia y cremalleras bajadas. Quién no fue a veces el feo, el poco fuerte, el poco formal.

“Y le habló a la oreja y dijo su nombre mientras bajaba a la nuca y sonreía como sólo las más entrenadas pícaras saben hacerlo.”

Nunca entenderemos el método en el que se comunican sus hemisferios cerebrales. Lo hacen de otra forma, lo que tal vez sea la causa de hacernos caer fascinados, además del inevitable condicionamiento biológico (hablando en plata, el querer llevarlas a la cama). Para algunas, lo de olvidarse del anillo no era su primera vez.

“¿Te gusta mi equipo de informativos? Es muy completo”

En nuestra carrera estudiar siempre fue lo troncal, lo pertinente fue todo lo demás.  El método científico fue acumular territorios y respuestas. Ciencia… recibir algún tortazo por ello. Y algún beso también.

“And now? Now is when you kiss me”

Hubo éxitos y una amplia colección de fracasos. Medallas, arañazos y cicatrices. Pijitas del norte y lengua tímida, liberadas del sur y recuerdo crónico. Muchas veces disparaba por disparar, más por obtener una anécdota que por pretender nada concreto. Poco a poco aprendí que cuando la cercanía intercambia perfumes las certezas se diluyen.

Acumulas momentos de realidad no real, heridas difíciles de cicatrizar, conocidos que resultaron ser grandes cabrones. Hijos de puta en el arte del amor y/o del joder. Aprendes de lo tuyo y de lo de los demás, de sus victorias, derrotas, abismos y resurrecciones.

He encubierto a Ali Baba y a sus 40 ladrones, he vivido junto a barneys que ojalá nunca conozcan a vuestra madre ni a ninguna futura que apreciéis. Truhanes de ascensor y vuelo corto. Embaucadores de letras y pendencias.  Macarenas y Vitorinos al por mayor.

Hay reinas de la actitud que a la luz del minibar se vuelven rabiosas, ardientes, con lava en lugar de sangre. Profesionales de vivir de las rentas. También moneypennies de poca monta que procuran rombos pero no Oscars.

Toda esa osadía de las palomas callejeras curte en titulaciones tal vez no muy prestigiosas, pero sí reales. Así es como Sherlock supo del punto canalla del oficio. De esas funciones aprendió a sobrevivir a Irene Adler.

Fueron esos los puntos salvajes de los primeros sexos. También las mañanas del pánico al compromiso y a la propia mujer como mujer, que siempre parecieron saber más que casi cualquiera de nosotros. Noches eléctricas y astrastrastópicas de los gatos, líneas traspasadas con la inconsciencia que marcaba la necesidad. A veces supimos juguetear con los mensajes inadecuados…

“¿Tú sales por la tele, verdad?”

Y ella salía por las noches.

El placer de la coincidencia en la coincidencia del placer. Todo aquello funcionó mientras “senti” le ganó la batalla a “mental”. Las inoportunas llamadas rompieron la mística del encuentro ocasional. Cuando el teléfono clamaba respuestas la pregunta quedó suspendida en el aire.

Eso no era lo que no habíamos hablado.

“Todo acaba una sola vez. Lo que pase antes de eso solo es progreso”

Vale, lo reconozco. Esta última fue de Jacob en Perdidos.

[Sigue en 14. La Champions]