(“Come pick me up, take me out, fuck me up. Steal my records” – Ryan Adams)

Siempre me consolé con la teoría del multiverso. Pensar que uno de cada mil yoes lograron a la chica del colegio; uno de cada mil supo decir la frase adecuada, sonreír en el momento justo, escuchar en vez de hablar, mostrarse distante en vez de anhelante. Uno de cada mil resolvió la ecuación de la muchacha.

Quizás entonces habría sido menos “un pringado” pero también seguramente no estaría ahora escribiendo estas líneas. O sí, e incluso peor… porque dentro del grupito de selectos yoes que dieron con la chispa adecuada también debió haber una alta proporción de apagados prematuros. La jovenzana se acabaría yendo con el guapito que pegó antes el estirón o que hacía más ruido con la moto. Ese otro yo se tuvo que quedar aún más perdido; probó el elixir y le fue arrebatado. Yo, al menos, solo lo imaginé; aquel otro yo puede que aún busque respuestas.

[Espero que alguien te haya hecho ver “Alta Fidelidad”. No es tan trágico perder una Catherine. Mortal a corto, dañino a medio, cicatrizado a largo. Las “Zeta Jones” son balas de gran estruendo pero poca profundidad]

Peor es lo de ahora, comadreja. Si 80 de cada 100 yoes consiguieron camelarla, estoy seguro de que soy el único que no la volvió a besar. Si esto del multiverso es cierto está claro que soy el que siempre pierde la frase mágica, la palabra adecuada, el gesto para lograr el siguiente beso. Soy el que no supo retenerlas, el detective impuntual que llegó siempre tarde a resolver el caso. El bueno por conocer que se quedó sin ser conocido.

Y como me chivaron las estrellas junto al mar… la culpa no es de otro sino mía.

[sigue en 2. La reina de la piscina]